Santidad

“Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo.»” 1 Pedro 1:15-16,

“Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo.»”
1 Pedro 1:15-16,

Mi querid@ herman@ en la fe de Jesús.

Te escribo estas líneas para enseñarte algo importante para tu relación con Dios y para el alcance y efecto del ministerio que este ha dispuesto sobre ti. Préstame tu atención y en el entendimiento que nos brinda  del Espíritu Santo entra conmigo en esta carta para ti.

Desde el mismo día en que fuimos llevados a los pies de Jesús nuestros ojos han sido abiertos. En la gracia de nuestro Señor, este nos ha permitido ver de esa forma que somos pecadores. Que Jesús es el mismísimo Dios hecho carne por nosotros y que en su sacrificio no solo encontramos el perdón, sino también salvación y vida eterna verdadera. Esta es una verdad básica, fundamental, del evangelio; el tipo de verdades tan claras y visibles que jamás nos serán quitadas.

Ahora. Cuando Dios quiere enseñarte algo no solo te abre los ojos. En la fe de Jesús “todos” absolutamente poseemos la verdad que anteriormente mencioné. Es el principio de nuestro camino de gracia con Dios. Más, cuando comenzamos a descubrir las verdades del Reino de Dios, este nos hace la invitación a las escrituras, y es aquí cuando él nos “abre” las escrituras de la misma forma que lo hizo con los apóstoles. Luego de que Jesús les “abrió los ojos” ante su resurrección (Lucas 24:16. Lucas 24:31) este les “abrió las escrituras” (Lucas 24:32). Primero los ojos, luego las escrituras.

Pero esto herman@, aunque por la gracia de Dios nos brinda mucho, todavía no es el propósito de Dios cuando desea revelarte algo. Dios quiere abrirte los ojos, y las escrituras, pero es necesario, y lo creo con la autoridad del Espíritu Santo, que cuando llegues a este punto no te quedes asombrado, confundido, maravillado o asustado cuando tus ojos te son abiertos, y las escrituras son descubiertas por ti. (Proverbios 29:19) es necesario que Dios, una vez que te ha abierto los ojos, y además te ha abierto las escrituras, también te “abra el entendimiento”. Presta atención (Lucas 24:45).

Necesario es, para que tú tengas todo el provecho de una revelación de Dios, que no solo te quedes con lo que tus ojos han visto. Tienes, y es la respuesta de muchos de nosotros, también ir a que el Señor “te abra las escrituras”. Pero no te quedes ahí. Has de pedir al Espíritu Santo, y no lo digo en una oración breve “formal” antes de ponerte a leer; pedirle que él “te abra el entendimiento”. Esto solo, y únicamente lo obtienes en una total dependencia del espíritu de Dios. (Juan 16:13-14; proverbios 1:23; proverbios 2:2-5).

Si hasta aquí has leído y sientes que no tienes comunión con el Espíritu Santo vete. Cierra esta carta, lee hasta estas líneas, vuélvete al Señor y pídele entendimiento. Limpia ante el aquello que esté haciendo ruido en tu alma y cuando sientas de parte de él, que tu  relación divina y tu comunión con la voz de Dios no tiene obstáculo regresa y presta atención. Nunca subestimes la necesidad de que el Espíritu Santo te lleve a entender cualquier revelación, palabra o doctrina. Esta es  mi recomendación para ti, para que así Dios pueda inclinar tu corazón, no a esta sola, sino a cualquier verdad que provenga de él. (Proverbios 19:27).

Este es un buen consejo, y te invito a que lo hagas, no una vez, ni cien veces, sino continuamente (proverbios 29:19).

Dice la palabra de Dios que la sabiduría añade tristeza (Eclesiastés 1:18). Esto es así porque cuando el espíritu te Dios te abre el entendimiento comienzas a ver cosas que antes no veías. Situaciones tuyas propias, o de tu entorno, ante las que antes estabas ciego. Condiciones internas, tuyas, o ajenas, o de tu sociedad que no percibías con claridad, aunque las veías con los ojos y las escrituras abiertas, pero cuando por fin las ves a través de su espíritu te afectan. Pero esto es bueno.

Aunque añade tristeza en ocasiones, esto es bueno (proverbios 24: 3-4) y es para la gloria de Dios (proverbios 25:2) que sea de esa forma. Es necesario que así sea, recuérdalo siempre, “Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican”; si te acercas por ti mismo aquí o en cualquier parte escudriñando y buscando palabra de Dios, “Sin” el importante discernimiento de Espíritu Santo, estás perdiendo tu tiempo de forma absurda y tu “celo” por la verdad no tiene para nada la eficacia que solo te puede brindar el espíritu de Dios. (Salmos 127:1)

Este debería ser tu celo principal. No el celo por la “fidelidad de la palabra”, en tu propio criterio. Sino el celo de la presencia del espíritu Santo en ti, para que él mismo te discierna aquí o allá, lo que de él mismo procede.

A mí no me conoces ahora, sino por estas líneas.  Realmente no soy un siervo conocido ni en mi propia congregación, puesto que tengo poco tiempo reconciliado con el Espíritu Santo en cuanto a mi relación personal con él. Mi ministerio es el de la enseñanza. Ese fue el don otorgado por Jesús para que cumpla su propósito y aquí quiero compartirte lo que de él he recibido para ti, y el provecho de tus dones en medio del ministerio que te ha dado, y para provecho y bendición de quienes están bajo tu influencia o liderazgo.

¿Quieres ser un hombre fuerte, o una mujer fuerte de Dios? Presta atención.

Ten temor de Dios.

¿Quieres ver a tu familia refugiarse en él? Ten temor de Dios. (Proverbios 14:26).

El temor, tal y como conocemos y se entiende la palabra misma en castellano, es sinónimo de “miedo”. En este caso miedo al castigo, a las consecuencias y al juicio de Dios sobre ti, sobre lo que haces en tu vida diaria y en tus decisiones. Esto para cualquiera es obvio, incluso para el que es del mundo, actitud de miedo ante el Juez. Pero para quien tiene el don del Espíritu Santo realmente tener  Temor de Dios, tiene una significación más profunda. En esto es donde una persona con el don de la presencia de Dios se distancia del entendimiento que comparte inicialmente con el pecador que no quiere entregar su vida a él. Tener “Temor de Dios” involucra más que una actitud de miedo, también involucra una actitud diferente.

Tener temor de Dios es aborrecer el mal. (Proverbios 8:13).

Aquí es cuando descubres lo que significa tener temor de Dios. No es llevar contigo una insignia de miedo sobre el cuello y tomarla con las manos cada vez que estés tentado, o hagas algo malo ante él; sino recordar que esa actitud tiene un propósito, y ese propósito es que Dios desea llevarte a ti aborrecer lo mismo que él aborrece.

Esto hermano, si lo estás leyendo con la guía del Espíritu Santo, te saca del nivel de pecador temeroso, para llevarte a ver el mal como algo que realmente es aún más perjudicial que el pecado visto como una ofensa aislada contra Dios. Temer a Dios te lleva a parecerte a él en el mismo rasgo de Santidad de su carácter.

¿Quién de nosotros (me refiero a los siervos de Dios), nos gusta que nos traten con violencia, veneno y heridas? Estas cosas no nos agradan, pero en nuestra condición humana somos capaces de proyectar esto. Y es precisamente el propósito de Dios llevarte a un nivel de desagrado ante lo malo que tú mismo puedes provocar. Y así en base, ya no del miedo como el que está sin Dios, sino de tu propia condición nueva, que a ti mismo te desagraden estas cosas, y dejes estas cosas.

Dice la Biblia en Éxodo 23:8; no recibirás soborno, porque el soborno ciega a los que ven con claridad, y pervierte la palabra de los justos. Hay aquí una verdad que tiene que ver con la relación de los justos y el mal. Para un cristiano redimido, “Justificado”, como sabemos y reconocemos en la fe de Jesús, su naturaleza es diferente. Sus “ojos fueron abiertos” y le guste o no reconocerlo, su perspectiva frente al mal ha cambiado. Tiene un Temor de Dios nuevo, despierto en su conciencia como pecador, y apoyado en su reconocimiento de Jesús como Señor y Salvador.

Y sin embargo ¡qué tan difícil le resulta aborrecer el mal! No es raro, incluso a veces es algo habitual, no poder deshacerse de hábitos, conductas, actitudes y prácticas que constantemente están manchando la santidad a la que Jesús le llamó. Es difícil.

Dice también la escritura que “piedra de encanto es el soborno para quien lo practica”. Es difícil porque el pecado realmente no es feo; es atractivo, es bello, es dulce, es placentero, es delicioso, no es algo que realmente nos provoque odiar o desechar. Pero esto es soborno. Intenta comprar el precio de tu santidad, que bastante valor sabes que le costó a nuestro Señor, y que bastante nos cuesta caminar. Muchas de estas son mínimas, ínfimas, duran un instante, y después de todo no tienen un efecto significativo en tu vida, ni en tu ministerio, ni parece que lo ha empeorado. “A donde quiera que va, le va bien” (proverbios 17:8).

Un ejemplo ¿Qué tan mal resulta masturbarse? – No es algo habitual, es más bien muy, muy de vez en cuando- pensará alguno; Que diga una mentira a veces, que no lastimó a nadie realmente y nadie conoció (y que solo yo conocí); que me quede con una pequeña cantidad de dinero deshonestamente, porque el dueño no se dio cuenta –y quizás ni le interesa ser devuelto, por lo poco que es, se justificará alguno; una película porno, vista con mi pareja en intimidad, o yo solo, en la oficina, sin niños y por 2 minutos de vez en cuando –somos adultos, sabemos manejarlo; para ser claro contigo, y con los que lean estas líneas, como soborno, estas cosas “pasan” sin mucho cuidado, porque en sí mismas no son “malas”, desde el punto de vista de la “importancia” que tienen, o de las consecuencias inmediatas que tienen. Le encontramos justificación con facilidad, y a veces el justo mismo le parece aceptable, aunque en el “temor de Dios” como miedo, se sienta un poco incómodo ante ellas, y quizás hasta “reaccione” luego de haberse “dejado seducir”, arrepintiéndose al momento. Igual no deja de sentirse seducido nuevamente cuando las circunstancias de nuevo se presentan. Porque no ha entendido que no es tener miedo al castigo.

Si has llegado hasta este punto con la guía del Espíritu quiero decirte algo muy directamente: estas cosas, que como soborno compras y dejas pasar inadvertidamente incluso, no son malas en el “temor de que serás castigado severamente por ello”. Después de todo no tienen una consecuencia perceptible, quizás nisiquiera piensas en ellas en tu tiempo de oración porque simplemente las olvidas; son cosas, para ti, “sin importancia” mientras me mantenga al margen de ir “más allá”. Abre el corazón y entiende el propósito de Dios ante el temor que debes sentir: son malas porque no te edifican. Son malas porque van poco a poco velando tus ojos ante lo malo, y mientras encuentras nuevos y efectivos argumentos para defender tu derecho a participar de ello, pervierten tus palabras (éxodo 23:8).

No te dejes sobornar el valor de tu santidad. Aunque te vaya bien en lo que haces, aunque en tu criterio tengas motivos positivos; cuando algo no le conviene a tu santidad, a tu edificación, y sientes que te aleja de Dios, hasta en tus pensamientos, simplemente es malo porque no te conviene. Tú tienes como yo, el discernimiento del Espíritu Santo, presta atención cuando su voz contravenga a tu propósito, aunque tu propósito sea legítimo y este dentro de lo que es correcto según tú. Más importante es el propósito de Dios en ti.

Saúl decía: ¡he cumplido la palabra de Jehová! (1ra. Samuel 15:13); “aparte lo mejor del ganado que estaba condenado para sacrificarlo a Jehová” (1ra. Samuel 15:21); Dios se complace de lo bueno, y aborrece lo malo. ¿Quieres ser como Jesús? Entonces indígnate en el espíritu mismo cuando el soborno venga a comprar tu obediencia, cuando una gota de veneno pretenda ser nada dentro de la jarra de tu santidad.

Viene alguien, y te ofrece una botella de agua mineral y te dice:

– es 99% agua pura, y tiene solo 1% agua negra de cloacas.

– no la quiero.- respondes con seguridad.

– ¡es algo muy mínimo! ¡Tan solo es una gota nada más! Nisiquiera ha cambiado el sabor ni el color del agua ¿no la vas a beber?

– ¡de seguro que no! ¡Aparta eso de mí porque me da asco!

– no le veo sentido a lo que dices – la destapa y bebe- sabe bien, esta fría, tiene buen color y me quitó la sed. No tiene nada…

– ¡claro que tiene!- y aunque no puedes verlo ahora, si dejas esa gota de agua contaminada en la botella con el paso del tiempo te darás cuenta que ¡ha contaminado todo el resto del agua!

¡Esto es aborrecer el mal! ¡No seas vomitivo para Dios! (1ra. Samuel 15:23);

Saúl tenía respuestas listas para justificar su desobediencia, pero no podía callar el ruido de todo aquello en lo que desobedeció. (1ra. Samuel 15:14; Salmos 51:3).

Entiende ahora que tu búsqueda principal, no es por el éxito, nisiquiera el de tu ministerio; tu búsqueda principal es estar siempre en la presencia de Dios, en obediencia y santidad constante que te mantenga bajo el respaldo de la presencia de Dios. Es así como vas a aborrecer lo malo, amando lo bueno, amando la santidad de Dios, que en su gracia decide compartir contigo.

Yo amo a los que me aman y a los que con diligencia me buscan dice el Señor. (Proverbios 8:17).

Antes de reconciliarme con Dios, sin tener ni depender de su Espíritu Santo para ayudarme a discernir las escrituras, meditaba de esta forma cuando me acercaba a ellas en el antiguo testamento: ¡es espantoso, como Israel, utiliza el nombre de Dios para emprender un genocidio contra los pueblos de la región de Canaán!; debo reconocer que mientras leía nuevamente ahora, con la dirección del Espíritu, el tema de las guerras quedo totalmente relegado en mi corazón cuando me hizo ver 2 grandes facetas de estos libros: “Santidad” y “Necesidad de la presencia de Dios” (levítico 10:3), y entendí que la santidad, y la búsqueda constante y dependiente de la presencia de Dios son aspectos fundamentales de una relación con él. En esa necesidad de santificar cada área por donde pasa la presencia de Dios (en el caso de las guerras de Canaán es literal sobre el terreno y los pueblos), a veces Israel tenía que volver su espada contra sus propio pueblo (éxodo 32:27), y no creas que deja de ser necesario para Dios, si es tan testarudo nuestro corazón, que tenga que hacerlo él mismo cuando ya nos escogió para sí.

Ciertamente somos santificados en la fe por el sacrificio de sangre de Jesús, pero no podemos vivir sin una dependencia de su presencia. En ocasiones tendrás que volver la espada contra el deseo de tu corazón, pero si no lo haces no dudes que Dios lo hará por ti. Porque él te eligió para santificarte, para perfeccionarte, su propósito es que fueses hecho a imagen suya y él no dejará de hacer su propósito contigo. Porque te ama. Ni lo dejará de hacer contigo ni lo dejará de hacer con quienes ha llamado y han respondido. (Levítico 20:7-8).

No te conformes con unción, busca la presencia de Dios. Saúl tenía la unción; Jehová le entrego victoria sobre todos sus enemigos, pero él estaba lejos de Dios, porque no era dependiente de él. Pensó que tener la unción y tener en la presencia de Dios era lo mismo, pero no lo es. Dios aun así le dio la victoria porque la unción no es otra cosa que “gracia”. Dios puede hacer cosas con siervos desobedientes con Saúl; Dios usa grandes hombres de fe, fieles y valientes como Moisés, pero también usa burras como la del profeta Balaam. El verdadero propósito de Dios es que habites con él, en su presencia constante. Búscale para ti de esta forma y enséñale a otros a buscarle igual.

La diferencia de estos grandes hombres ungidos como Saúl, es que la sangre de Jesús nos limpia y nos perfecciona, nos purifica para él. Así que haz pues tu parte ahora que has sido escogido para él, y búscale constantemente y con diligencia (proverbios 8:17); la presencia de Dios no es algo que este en discusión para nosotros, pecadores o no. Si fuiste limpio en la sangre de Jesús, y creíste en el cómo tu Señor y tu Salvador, el no dejara su propósito contigo. (Juan 17: 22-23; mateo 28:20). La orden ya te fue dada, haz pues todo lo que te viniere a la mano para hacer porque Dios esta contigo.

Carlos García